La normalidad que nos hicieron creer, la normalidad a la que estábamos acostumbrados, nos tenía de las pelotas. Como una novela distópica, la realidad nos explotó en la cara. Los que por siempre cargaron en sus espaldas el trono de unos pocos, se aburrieron. En la calle estaban los hijos de ellos, quizás los nietos, pero finalmente estábamos todos juntos.

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Y así comenzamos a perder los ojos, uno por uno, hasta que fueron de a dos. Es el precio de la soberbia de los que quieren que nada cambie para aferrarse a sus privilegios, el ego de un presidente y su clase que, con sus ojos intactos, están enceguecidos por la ambición.

En Chile, la incertidumbre se volvió habitual, la economía se volvió incertidumbre. La única certeza es el alto costo de la vida. Es una calurosa primavera en Chile y las calles sudan esperanza.

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