Una tarde de otoño de 1997, en Curicó, un profesor puso en la tarima que lo ubicaba sobre el nivel de las sillas-mesa típicas que ocupan los estudiantes en la universidad, una televisión cuadrada, grande, como una caja. Era de las modernas en la época, con una ranura en la que se podía introducir un VHS. El Netflix de la época. Puso “El Señor de las Moscas” y se sentó en primera fila, de espalda al ventanal que daba a la calle. Entonces, no miraba directamente al televisor, sino a nosotros. Yo interpreté ese acto como un relajo, seguro ha visto mil veces este título, pensé.
La trama transcurre así (esto no es una crítica de cine): hay un naufragio y un grupo de niños queda varado en una isla desierta. Comienzan a ocurrir cosas típicas de cuando la gente está sin un liderazgo claro y sin normas. Se configuran grupos, se establecen esas normas a voluntad. Entonces, hay dos grupos claros, el de los niños más lindos, capaces, atléticos y dominantes y el grupo de los niños más tímidos, retraídos, torpes en ese entorno selvático. Entonces los dominantes tratan de someter a los tímidos, a los que todo les cuesta. El segundo grupo tiene un integrante que me llama la atención: un gordito de anteojos.

De la película El Señor de las Moscas (1963).

Cuando se acaba la película, el profesor, de edad madura, canoso y habla parsimoniosa, se sube a la tarima y nos empieza a interrogar. Pregunta sobre un par de cosas y las escenas que más nos llamaron la atención. “¿Hubo algo que les dio risa?”, preguntó. A coro el curso responde “¡sí!” con entusiasmo y las risitas que suelta uno al acordarse de una tontería.
– “¿Cuál escena?»
– “¡Donde pelean!”, fue la respuesta a coro.
– “¿Cuando le rompe los anteojos al gordito?”
– “¡Sí!”
– “¿Todos se rieron?”
– “¡Sí, todos nos reímos!”
– “¡MENTIRA!”, sentenció.
Nos quedamos mudos. Rompió ese silencio para decir: “5 personas no se rieron. Las que usan anteojos, yo las estaba mirando. No se rieron. ¡Eso es la empatía!”. Nos había dado una lección mayúscula. Me había dado una lección mayúscula. Yo no me reí. Yo tenía mis anteojos puestos, como lo hacía desde los 9 años. Como lo hago ahora, con 40.
Lo que el profesor no sabía era lo reconfortante y sanadora que era su clase para mí, me hacía sentir mejor, más clara, más segura, lejos de todo lo que me agobiaba. Sin saberlo, yo estaba en una terapia grupal y el profesor era en realidad un psicólogo de profesión que tenía como misión fortalecer a los estudiantes de primer año que entrábamos a la Universidad de Talca. El ramo se llamaba “Desarrollo Personal” y era obligatorio para todo estudiante, sin importar la carrera que cursaba, en su primer año de estudios. Más tarde, supe que era parte de acciones institucionales pensadas en ayudar a quienes ingresamos a la universidad provenientes de comunas pobres, sin capital social ni cultural, siendo parte de la primera generación en la universidad.
7 de cada 10 estudiantes de la Universidad de Talca son los primeros en todas sus generaciones familiares en ingresar a la enseñanza superior y esto en un entorno de excelencia. De pronto sales de un colegio rural en Molina y estás en una clase de cálculo, de programación, de derecho romano y simplemente no tienes cómo vencer el miedo a lo desconocido, el desafío de ir a exponer con ropa “formal”, ni mucho menos argumentar tu punto de vista ante un PhD en Ciencias. La Universidad de Talca pensó en cómo ayudarte para que no huyas y te da la oportunidad de salir adelante y ubicarte en un mundo en el que tus ideas pueden ser la diferencia entre luchar por el ingreso mínimo o publicar un paper en la revista ScIELO.
Por otro lado estaba el desafío de la universidad de dar esa oportunidad a la región, haciendo realidad el proyecto más ambicioso en lo social de los últimos 100 años: crear capital social para la región del Maule y para Chile como parte de una política institucional formal y consentida por todos sus miembros. Suena enorme, pero lo es. Y yo quiero contar cómo terminó siendo para mí, 22 años después.
Desde que nací fue un desafío permanecer y pertenecer. Mi mamá fue a parir a su cuarto hijo, se llamaría Tomás Emilio, quién compartiría dormitorio con el menor de sus hijos hasta la fecha, Rodolfo. Sin embargo, en 1979 y sin ecografías, la vida le mostró a mi papá que no basta decretar al universo la realidad que tú deseas. Mi mamá, de 21 años, se había escapado de la solitaria experiencia del “pensionado” (la manera burguesa en los hospitales de vivir una atención más cercana a una clínica en la que pagas una pieza sola) para pasar los días del pre y post parto en la sala común: una sala llena de otras mujeres, llena de diversidad. Por ello, cuando su marido, mi papá, quiso ir a conocer a su cuarto campeón tuvo que hacer una larga espera en el Hospital de Talca y además compartir la “tarjeta de visita” brevemente con unos “rotos”. Pero nada de eso pudo indignarle más que encontrar a la enfermera que él mismo pagó para asistir el parto y a mi mamá para escuchar la frase “Memo, está preciosa tu gordA”. Escuché avergonzada y humillada mil veces el relato que revivía el momento en que mi papá se detuvo y volteó para preguntar: “¿cómo que gorda?” Sí, insistió la enfermera. “Preciosa tu gorda, es niñita”. Entonces mi papá, en silencio, mirando al piso se volteó y se fue. No regresó sino hasta el tercer día, obligado por su hermano mayor, cuando mi mamá estaba sola, de alta y esperando saber cómo iría a su casa. Así fue mi nacimiento. Era el mundo sin Uber, sin Whatsapp, sin celular, en el que una niñita de bien se casaba con un misógino que creció convencido que tener una hija era bajar a una categoría inferior de manera irreparable. Por tanto, el sólo hecho de no haberme botado a la basura era suficiente. Me tenía que dar por pagada.
Entonces crecí en una casa donde nunca fui bienvenida. Recibí buena educación y un buen vivir porque de alguna manera eran las sobras que quedaban en la casa. Pero al final era como dormir debajo de la cuna de oro, en el piso. Sin embargo, del abolengo disponible me pasó todo lo que le pasa a una niñita sola que nadie la cuida. Fui abusada, maltratada y descuidada, años de desolación. Comencé a trabajar a los 11 años, vendiendo cosas en mi colegio, saliendo a golpear casas a ofrecerme para el servicio doméstico, principalmente planchar. Más tarde depilando en una peluquería donde además me pagaban por prestar mi largo pelo rubio para que el peluquero practicara trenzados mientras estudiaba. Cuando me pagaron mi primer “sueldo” como profesora ayudante y asistente en la Vicerrectoría de Asuntos Estudiantiles, gracias a una beca de trabajo, no podía creer que podía hacer dinero sin molerme el cuerpo, sin soportar 40 grados de calor en la salita en que hacía mi trabajo. No podía creer. Sí, eran mis primeras nociones de cómo se mejora la vida afinando técnicamente tus habilidades y alcanzando conocimientos en áreas de más difícil reemplazo que usar una plancha o limpiar lo que otros ensucian.
Entonces, lo que hace la Universidad de Talca no es sólo contener y formar a un joven sin muchas posibilidades de instalarse como profesional en un mundo altamente competitivo. No, es un espacio de creación de valor, de formación de habilidades que te van a permitir ser un ser humano mejor para ti y tu entorno. El valor de la meritocracia.

La UTAL posee múltiples esculturas repartidas en el campus, las que le otorgan un gran atractivo cultural.

Postular a la excelencia
Mis inicios como estudiante no fueron fáciles tampoco. Eran años en los que no existía un correo electrónico ni las personas tenían acceso a internet. Entonces, rendíamos la PAA y llenábamos unas tarjetas de cartulina para detallar tus opciones educativas según el puntaje que obtenías. Eran unas cuantas pruebas que determinaban tu futuro. Lo que tenías que hacer. Yo puse el código que logré ver en el diario y escribí «Derecho, Universidad de Talca». Sin embargo, cuando llegaron los resultados de esa postulación semanas después, yo no aparecía en ninguna parte, aunque mi puntaje confirmara que debía ser aceptada. Me desesperé. Dos días después supe que el código que escribí era de una casa de estudios muy lejana y que había sido aceptada. Pero en mi casa fueron claros, no había financiamiento ni permiso para salir de Talca. Entonces, conocí la primera impresora, escribí mi primera carta formal.
“Señor Rector Álvaro Rojas Marín: Soy Daniela, tengo 17 años y necesito entrar a la universidad. Por favor, concédame una matrícula de gracia porque el no entrar a la universidad implica altos costos para mí, en lo económico y en lo personal.” Inventé todo ese argumento, sólo necesitaba entrar a estudiar. Era una niña tímida y solitaria, que se había atrevido a conseguir un computador y una impresora para llevar la petición a la casa central. Luego hice guardia, una semana, sentada en una escalera en el pasillo fuera de la oficina de quienes entendía podían matricularme completamente fuera de plazo. Un milagro ocurrió, se movió la lista de espera y había vacantes en algunas carreras. La que menos me asustó fue Ingeniería Comercial, iniciando el primer año en Curicó. Sin permiso de salir de Talca, sin dinero. Sin embargo, pude convencer a mis progenitores y accedieron a que viajara cada día, pero sin un peso extra que los pasajes del bus. Y amigos, no es igual que tomar el metro en Plaza de Puente Alto y bajarte en Santa Lucía, no. Era pagar un bus interurbano que costaba un 90% más que la micro en la ciudad.
No me desanimé. Cuando llegué a clases todos habían empezado hacía más de una semana. Me presenté torpemente y con vergüenza. Rápidamente conocía algunos amigos: Patricia, Gabriel, Lorena, Ximena. Molina, Pichingal, Pichilemu. Empecé a conocer onomatopeyas que en realidad eran localidades hermosas de la región del Maule. Rápidamente me enteré que en la Iglesia de la Merced el cura tenía un comedor para mendigos y pues, yo me consideraba un mendigo porque no tenía dónde comer ni dónde estar en todo el día, salvo el pequeño campus y la calle. Esa lógica no fue suficiente, entonces el cura me echó. Creo que debí regresar con una cara muy triste porque rápidamente la secretaría del campus de la universidad me preguntó qué pasaba y esa misma semana tuve beca de almuerzo, la que se transformó, regresando en segundo año a Talca para continuar mi carrera (sólo primero era en otra ciudad), en la beca de trabajo que me permitió conocer a líderes impecables como don Carlos Hojas Alonso.
Entonces, para mí vivir la vida en la Universidad de Talca fue más que pasar por las salas de clase y pasear por los hermosos campus que te transmiten la ética que viene de la belleza omnipresente. Es hablar de la visión de Álvaro Rojas Marín, el hombre que fue capaz de liderar un cambio y un ideal que llevan adelante muchos profesionales comprometidos, personas que como yo han sorteado las dificultades que la vida fuera de Santiago para hacer realidad lo que tantas veces creemos que no es posible: la meritocracia. Es un proyecto colectivo de académicos, investigadores, auxiliares, colaboradores y por supuesto, sus propios estudiantes y egresados. Todo cambio necesita un líder, porque no es fácil hacer que las cosas sucedan. Entonces, el privilegio de ser educado por un profesional que hizo una maestría en Australia y luego se doctoró en Alemania, está al alcance de un joven que quiere salir adelante pese a estar lejos de lo que parece la única entrada a los circuitos de poder en la capital. No, en la Universidad de Talca es posible ser animada por la única Ingeniero Aeroespacial chilena que pasa sus días empeñada en que todas las niñas que quieran puedan ser ingenieros. En mis años el dicho era: «de la Utal no se van los pobres, se van los flojos.”

No importa donde naces.
Estaba sentada en una sala de reuniones de la Facultad junto al líder del equipo en que colaboraba como profesora asistente para el Departamento de Administración. Junto a mí, Patricio Ortuzar, Vicerrector de Finanzas de la Universidad. Un genio. No estoy sola, hay varios profesionales, varios profesores asistentes, un par de tesistas. Nos dice, con la voz profunda que le caracterizaba, que “en unos años el conocimiento del mundo se va a duplicar cada 72 horas y nosotros tenemos que prepararnos para eso.” Era el año 1999 y yo acababa de abrir mi primer correo electrónico en Eudora. Tener un ciber café era el equivalente a un emprendimiento de alta tecnología y entender eso era tan difícil como para mis compañeros entender, después de regresar de mi primer intercambio académico en el extranjero, que podías conectarte a internet de una computadora que pesaba menos que un libro de microeconomía y sin un cable, porque la conexión estaba en el aire.

La actual Facultad de Economía y Negocios.

Les puedo decir que antes de mi colaboración como socia estratégica en Google, antes de ser Directora Ejecutiva en RSE Group donde apoyamos el financiamiento de emprendimientos que nos hacen sentido en temas de importancia global, antes de ser miembro de la mesa de gobernanza de la FAO para enfrentar el cambio en la legislación que busca mitigar lo nefasto del desperdicio y pérdida de alimentos, o liderar en Atacama La Grande como gerente en lo que se venía con la explotación del Litio en Chile, antes de todo eso yo supe en la Universidad de Talca que el futuro era para hacerse cargo hoy y que no importaba tu cuna porque se puede destacar donde sea que naciste si alguien te da una buena educación, un buen entorno y metas para enfocarte. Porque no eres sólo el hijo de, no importa si naciste en el desierto o en el campo, si tus papás estuvieron o no presentes, vale tu talento. No importa si eres mujer o no, porque ves cada día que el líder de una institución inmensa cambia el auto cada 10 años para invertir recursos en directoras de áreas de decisión en una organización de talla mundial para además, ganar igual sueldo que un hombre. Donde puedes ir gratis a ver la mejor obra de teatro del año sentado en un auditorio, en un teatro, no en un gimnasio. La Universidad de Talca debería ser vista como el semillero de la meritocracia, como el ejemplo de que hoy las buenas herramientas del siglo XXI pueden hacer grande la región, el país y el mundo. Porque está haciéndose cargo de los dolores que nos afectan como especie humana, no dando un título profesional que te dará un trabajo con el cual pagar tus deudas. Esto es gracias a un interés genuino en la investigación, en la ciencia y tecnología y, por cierto, en la ética que eleva a nuestra especie, la belleza que nos hace mejores, porque la cultura puede estar a la mano de cada persona, cada niño. Porque el arte está en cada rincón de la universidad.
Yo, así como me pongo de pie en el Aleluya de Händel cuando cada año se interpreta magistralmente por el Coro y Orquesta de la Universidad en la Catedral de ese Talca terremoteado y menospreciado por muchos, desconociendo su historia culta y hermosa, en valles que no sólo nos dan buena mesa y vinos, sino que nos da méritos premiados, nos da conocimiento y nos da un día a día más hermoso y con calidad de vida. Yo así me pongo de pie para decirle a usted, Rector, Álvaro Rojas Marín, a usted que permitió la matrícula a una niña de 17 años llena de miedos pero con fe que recibió alimento para el cuerpo, el espíritu y el conocimiento, sin nunca haberla visto, sin importar quién era su papá o su mamá, usted, Rector, le digo, gracias y perdón. Gracias por permitirle a los maulinos educarse como necesita educarse alguien que entenderá que un lápiz pesa menos que una pala. Y perdón porque si la productividad marginal es el valor del trabajo expresada en un sueldo o, como diría Luis, artesano en cuero de Curicó, “uno gana por lo que hace, no por lo que estudió.” Entonces, perdón, Rector, por ganar la mitad del sueldo de un gerente que tiene su responsabilidad en el mundo privado. Perdón porque por años gané más que usted y he hecho menos que usted. Pero se lo he devuelto a la sociedad incluso volviendo a mi ciudad a aportar con lo que, al igual que una abeja nativa, por las que hoy trabajo en su conservación, aporta un pequeño y permanente trabajo que puede hacer vivir un ecosistema virtuoso y necesario para todos, incluso siendo tan pequeña y a veces solitaria. O quizá sólo gracias por su vocación de servicio que incluso lo mantuvo al pie del cañón cuando su estado físico al límite, luego de un trasplante, hubiese sido suficiente para quedarse en casa y ver el mundo pasar. Gracias por ser firme cuando hay que serlo. Porque el timón es pequeño pero no se puede soltar, menos cuando las olas y el viento pegan fuerte.

Imagínense una casa
Estoy de nuevo sentada frente profesor anónimo, con voz parsimoniosa nos sentó en un círculo al final del curso, cuando el sol de noviembre iluminaba por completo el campus Curicó de 1997. Ya habíamos pasado dos semestres y yo tenía mis primeras hermosas satisfacciones: haber leído la colección completa de economía en inglés y español disponibles en la biblioteca, había aprobado todos mis ramos y me había enamorado de estrategia en clase de administración, así como de economía. De lunes a viernes tenía una comida caliente y ya no planchaba, sólo trabajaba en la peluquería los fines de semana porque los otros días vendía mis resúmenes de materias y hacía clases a algunos compañeros. Había tenido la suerte de ser entrenada en matemáticas por Sergio Yáñez, un verdadero estandapero del cálculo y de la academia. Ahí estaba sentada, sin saber que estaba terminando una terapia grupal. Entonces recibimos la instrucción: “imagínense una casa y describan cómo es.” Al final todos podríamos leerla frente a él, en voz alta. Terminé de relatar sobre la inmensa terraza de piedra, las flores, la luz que entraba a la sala por los ventanales prístinos que dejaban al sol que se posaba sobre mí, mientras escuchaba a mi mejor amiga tocar mis suites favoritas de Bach.
El profesor sostenía una mirada fija y profunda en mí. Seguramente se había dado cuenta que yo había hecho un primer importante cambio. Me dijo: “Daniela, gracias por leer esto. Es hermosa tu casa.” Yo nunca supe en lo que me estaba transformando. Pero puedo decir con mucha satisfacción que, pese a las múltiples y oscuras dificultades que la vida me trajo en las siguientes décadas, yo pude. Y todos pueden. Hay un lugar desde donde podemos. Gracias Universidad de Talca, pública, inclusiva y excelente.

Esta es la primera nota de la autora sobre lo bueno, lo malo y lo feo de la educación en Talca. Una serie de tres notas que buscan desde lo particular, articular un relato de imagen país desde regiones.