Quién hubiese pensado que esa combinación ganadora de las diferencias en la distribución de presión y temperatura en la Tierra y la distribución desigual del calentamiento solar en la superficie del planeta, nos entregarían tanta diversión. Si bien el viento ya había sido analizado y aprovechado por el hombre hace milenios, como los egipcios y sus barcos a vela hace cinco mil años, no fue hasta mucho tiempo después cuando el hombre se percató de otra de sus grandes posibilidades: la de aprovechar el impulso de las masas de aire para poner un volantín en el cielo.

Algunos sitúan el origen del volantín en China, específicamente en los tiempos del talentoso general Han Xin, quien anunciaba la llegada de refuerzos a una plaza sitiada a través de cometas, todo esto unos doscientos años antes de Cristo. Otras investigaciones, sin embargo, sitúan su origen unos mil quinientos años antes de Cristo en lo que hoy es Indonesia, lugar desde donde se habría expandido su uso.

Mucho tiempo después, se le seguían encontrando usos al volantín y así fue como los turcos, por ejemplo, los comenzaron a usar para espantar soldados polacos, haciéndolos explotar y soltar humo en el cielo. Una imagen impactante, sin duda, para el año 1.200 después de Cristo.

La cometa, óleo sobre lienzo, Francisco de Goya (1777-1778) ©Museo Nacional del Prado

Seguía pasando el tiempo y el volantín ya era conocido en el mundo entero. Así como sucede con cualquier elaboración cultural, el volantín a medida que se fusionó con otras culturas y territorios, adquirió nuevos significados, usos y formas. Así también se expandieron sus posibilidades.

Junto al viento que alimenta las tormentas que nos han hipnotizado desde el amanecer del hombre, acompañan este increíble espectáculo los rayos, truenos y la curiosidad del hombre. Así, en 1752, Benjamín Franklin realizó el famoso experimento de la cometa, a través del cual demostró que las nubes están cargadas de electricidad y que, por lo tanto, los rayos son esencialmente descargas de tipo eléctrico. Además, también descubrió que tenía mucha suerte al no morir en el proceso.

Imagen: www.fi.edu

La prohibición

El afán por prohibir cualquier cosa que la gente asimile como propia y disfrute, es histórica. Así como con las chinganas en su momento, también pasó con el volantín en Chile. A su reciente llegada al país a través de los sacerdotes misioneros en el siglo XVII y en pleno auge en el siglo siguiente, surgió la prohibición. Calificados como causantes de disturbios y accidentes, un bando de 1795 rezaba: “…por cuanto estando prohibidos por bando de este Superior Gobierno, el juego de volantines por las calles de ella y que su inobservancia ha hecho comprender las funestas desgracias que pueden sobrevenir a los vecinos si los hilos de que penden los referidos volantines se enredan en los techos o ladrillos de los aleros y otros moldes de los techos, y cayendo hieren o matan al que casualmente pasa debajo… Por tanto, para precaver éstos y otros males inapreciables, ordenamos y mandamos: Que ninguna persona mayor o menor de edad se atreva a encumbrar un volantín grande ni chico dentro de la traza general de esta capital, so pena de seis días de prisión…”

Pero no sólo acá se prohibieron. En México, a través de un bando, se invitaba a los padres a que sus hijos “…no suban a las azoteas a volar los papelotes, por las desgracias experimentadas muy frecuentemente en este pueril entretenimiento, lo cual se ha prohibido ya repetidas veces.”

Volantín inmortal

Pese a las prohibiciones, el volantín se siguió practicando y en Santiago sumó lugares para su práctica y competencias. Así la gente se reunía a elevar sus volantines simplemente o a practicar las comisiones, lucha aérea entre volantines que consiste en atacar y cortar el hilo, a través de la fricción del hilo curado, del contrincante.

En el libro Juegos y Alegrías Coloniales en Chile, de Eugenio Pereira Salas, encontramos a Pascual Intento, un verdadero héroe nacional a finales del siglo XVIII, ya que “había descubierto nuevos métodos para pelear en el aire, y elevándose por ello a la categoría de estratega del cielo, sobre todo por esa prueba magna de hacerse el muerto, que había ensayado una tarde de Año Nuevo delante del público entero de Santiago.”

Cualquiera que haya sido parte del noble arte de la práctica de las comisiones, sabe que a medida que desarrolla habilidades en el manejo del volantín, así como derribando oponente tras oponente en esas tardes en que todos miran el cielo, la leyenda empieza a crecer. El autor de esta nota vivió dicho proceso en los barrios que lo vieron crecer. Vale acotar, que este mismo autor el día de hoy luce una coqueta cicatriz en el estómago a raíz de ir imprudentemente a la caza de un volantín cortado y subirse a la reja de una casa para alcanzar el hilo.

Las comisiones son una verdadera danza tras una estrategia definida por cada participante y hay variadas formas de enfrentarlas. Aún así, la Asociación de Volantinismo de Santiago de Chile (AVODESA), fundada en 1968, definió las bases que sustentan el reglamento en el juego y competencias del volantín. Un gran avance en las comisiones fue el invento del carrete en Chile por parte del profesor de aeronáutica Guillermo Prado, elemento que dinamizó la performance y añadió vértigo a las competencias.

El carrete, invención de Guillermo Prado.

A pesar de las tragedias que han marcado la historia del volantín, principalmente por accidentes causados por imprudencia, y la pena de cárcel con la que amenaza el Estado a quienes usen hilo curado, hoy son decenas los clubes de volantín a lo largo de Chile que mantienen viva esta tradición, a través de competencias acotadas, talleres y charlas, así como también por verdaderos vaqueros solitarios que, desde la clandestinidad y la distancia, desafían el espacio aéreo de otros jugadores que con impotencia ven cómo ese volantín de hermoso diseño que era la proyección de sus brazos, vuela lejos, ya con el hilo cortado y sin control, directamente al infinito.