Qué es vivir, sino vencer el ego.

La primera vez que fui a Perú tenía 20 años y no me gustó. Tanto así que decidí seguir mi camino a otros destinos de centroamérica y sólo estuve un día. Estaba iniciando mi etapa de viajera joven. Esos recorridos con mochila: dos pantalones negros, tres poleras y la ropa interior justa que uno lava de noche en el hostal para dejarla secando en el baño y mantener un mínimo de dignidad en los días que todo suena, huele y se desarrolla diferente del nido. Muchos paisajes, comidas alucinantes, colores y presupuestos de vagabundo.

Cuando empecé a viajar adopté inmediatamente el buen hábito de perderme entre las personas locales, nunca quise tomar un tour o alojarme en hoteles. Básicamente, donde fueres, haz lo que vieres. De esa manera aprendí a conectarme con las personas desde sus hábitos más íntimos y cotidianos, hice muchos amigos y viví cosas que he recordado siempre. Luego vino la etapa de viajes de negocio y de mi de post grado. Siempre viajé sola y nunca asocie el recorrido a algo distinto a estudiar. Hasta ahora, ahora que me enamoré.

Tengo 38 años y no estoy en forma. Hace unos años tuve que aprender a caminar de nuevo luego de dos cirugías de cadera. Eso trajo consigo dolor, sufrimiento, lesiones y un cambio de vida que por mucho, por demasiado tiempo, me ha había hecho sentir miedo de llevar a mi cuerpo al siguiente nivel. Pero sorpresa, iba a encontrarme con la experiencia más transformadora de mi vida adulta.

En el momento en que decidimos viajar a Perú con mi novio, él eligió el destino: Huaraz. Yo tuve que anotarlo en mis notas del teléfono para no olvidarlo. No tenía idea de lo que me esperaba ni comprendí los detalles del libro que me mostró muy entusiasmado: la Suiza de Perú. Confié. Porque yo siempre confío en él. Así que partimos.

3052 metros sobre el nivel del mar

Llegamos de mañana, habíamos pasado un par de días hermosos en Barranco, zona cultural y bohemia en la costa de la preciosa Lima. La verdad es que los pisco sour, las caminatas e incluso nuestra romántica visita a una iglesia que celebraba misa cerca de las 7 am nos había dejado muy animados. El movimiento clásico de llegar a contactar el hotel, los viajes, calendario listo. Más limas y aspirinas.

No me acuerdo qué día era, pero ya habían entrado muchas imágenes hermosas a mi retina. Nubes, montañas, nieves eternas. Tormentas iluminadas por los rayos, la lluvia. Frío, ríos caudalosos. Entrábamos a la Cordillera Blanca con muros verticales de roca que parece que no terminaban. De pronto, el color turquesa impresionante de la Laguna de Llanganuco fue la puerta de entrada a mi propia transformación.

Laguna de Llanganuco.

Me adelanté y bajé una pequeña pendiente entre piedras y un pequeño bosque de Queñuas. Me encontré con una explanada de ensueño con brazos serpenteantes de un torrentoso río que venía desde las alturas. Empecé a caminar, con el ego vivo. La pendiente se hacía durísima a unos 3.900 metros de altura. Ahí estaba yo, con mi opinión, mis limitaciones, mis inseguridades, el deseo de no ser evaluada por nadie. Y ahí estaba delante de mí, mi compañero de viaje. Avanzaba con la clara intención de no dejarme. No me pudo parecer peor: ¿qué hago siguiendo sus pasos? ¿por qué tengo que humillarme de esta manera? Obvio, nunca iba a alcanzar su nivel, si él hace esto hace muchos años, mejor que yo. Él es mejor que yo. Todo era yo. La pendiente hacía que cada emoción acelerara mi corazón a mil por hora. De pronto veía la inmensidad de todo, pensaba cuántos miles de años habían pasado para que se forjara cada piedra, cada cubierta de moho. Cada especie ahí, adaptada a la altura.

Me faltaban 3 horas para subir y llegar a la Laguna 69. Y yo ahí, muriéndome por dentro. Empecé a sentir desesperación hasta que pensé en lo estúpida que estaba siendo y que la mochila llena de piedras pesadas, con todo ese ego y egoísmo, no me iba a dejar avanzar. Él estaba ya detrás mío, atento a mis pasos. Le pedí mil veces que me dejara, pero no, se quedó. Debió darse cuenta que estaba estresada. Y ya, no valía la pena. Cada mal sentimiento me hacía sentir que me estallaría el corazón y no, no había manera de quedarse ahí. Deseaba seguir, necesitaba acercarme a la montaña. Aparecía el Chacraraju y sentía un imán. Y yo ahí estaba, de pie frente a mi miseria, a mi insignificancia. Respiré profundo, recordé la meditación y me di cuenta que era el momento de vibrar desde cada parte de mi cuerpo. Que mi mantra iba a ser mi respiración, el sonido de los pasos de él. No iba a parar. Al menos hasta que la montaña no dijera lo contrario.

El dolor

Entendí que los sonidos de los pasos de él eran diferentes y que podía identificarlos entre los ruidos de la montaña. Sentí como nunca que ya podía confiar en él, me estaba cuidando, me estaba siguiendo y su ir y venir no sólo duplicaba su esfuerzo porque duplicaba la caminata que yo estaba haciendo sino que me generaba mucha conexión y seguridad. Por fin podía confiar en alguien. Dejaba pasar brasileños, ingleses y otros excursionistas. Yo me concentré en avanzar y emocionarme de ver cada imponente paisaje lleno de belleza. Empecé a llorar. Con humildad, como diría Becker: muda, absorta y de rodillas. Como se adora a Dios frente al altar. Pero yo ya no creía en Dios, al menos como lo han descrito otros. Esa inmensidad de la creación estaba ahí, omnipresente en cada lugar. Sentí que el pecho se me abría, como si desde el esternón las costillas se separaran y se abrieran, comencé a sangrar, pero con el dolor de botar todas esas formas de mí, todas las Danas de antes, de cada una de las versiones pasadas de mí. Estaban como por capas, pegadas, llenas de herrumbre. Y se empezaron a caer con el dolor de la transformación. Tenía el pecho abierto. Sentía más, veía más. Llegamos a la primera parada, frente a la Cascada Grande, que rugía ensordecedora frente a nosotros: “come, tienes que comer”. Entonces me alimentó, me dio agua, me sacó la mochila, me hizo cariño, me sentó junto a él y mis anteojos de sol ocultaban las lágrimas que no podía contener de todo lo que estaba viviendo. Lloraba frente a esa inmensidad. Me apoyé en su hombro. Era mi padre.  

Seguimos la caminata y yo estaba limpia de todo ayer. Recién nacida empecé a subir nuevamente, calmándome a cada momento. Estaba sumamente emocionada. Pero llena de energía, llena de determinación. El sonido de mi respiración y los pasos de él me daban la concentración que necesitaba para vencer un nuevo desafío. Seguía el dolor y la intensidad.

Dar a luz

La gran cascada y su rugido quedaban atrás, como si hubiese sido el velo de mi matrimonio y las faldas del Chacraraju nevadas mi vestido de novia. Ya me los sacaba porque me preparaba para el trabajo de parto. Era joven y llena de fuerza y entusiasmo avanzamos a unas laderas mínimas en las que la nubosidad congelada de que rodea la montaña nevada te hipnotiza. Subiendo y dejando atrás, comencé a escalar por este sendero lleno de piedras y humedad. Mi cuerpo adolorido palpitaba por completo y sentía que la gestación estaba llegando a su fin. Pasamos junto a una laguna, luego subimos hasta unas planicies sumamente húmedas. Unos guías trabajaban en una parte del sendero, anunciaban lluvia. Estábamos ya a unos 4.300 metros. Cada vez que cumplía un nuevo hito sentía felicidad, plenitud. En esta etapa estaba haciendo planes, muchos planes. Ese era mi hijo, una vida nueva. Con misión, propósitos. Qué adulta me sentía.

Mis primeros recuerdos de la vida son estar sentada en el suelo del living de mi casa, descalza, ojos cerrados y haciendo meditación consciente. Poner mi mente en pausa y conectándome con la respiración que llevaba desde mi nariz hasta el estómago, para llenarme de aire hasta la altura del cuello. Inhalar, exhalar. En esa época, debo haber tenido 4 ó 5 años. Todo parecía enorme y mis pensamientos siempre iban a calmarme e imaginar que me conectaba con la naturaleza. Por alguna inexplicable razón, mis papás me enseñaron a meditar antes que a leer y escribir. La meditación trascendental es la manera más pura de llevar a nuestra mente a un estado más poderoso y simple de la conciencia, dónde estás libre de cualquier control mental o cualquier proceso de pensamiento. A los 38 años había aprendido a meditar con mi cuerpo físico. Y éste estaba colapsando.

Cuando él me preguntó si mis manos estaban frías, fue la primera vez en más de tres horas que me detuve a mirarlas. Estábamos a punto de iniciar el último ascenso a la Laguna 69 cuando vi que mis manos estaban a punto de estallar. Recordé las instrucciones enérgicas del guía al llegar: “el que no camina, baja. Quién se marea, baja. A quién se le hinchen las manos, baja.” Era la señal del mal de altura. Fue como un golpe en la cabeza. Un nuevo golpe de humildad. ¿Qué hacer? ¿Satisfacer el hambre de seguir o entender que algo andaba mal? Topamos al guía que venía tras de nosotros a quién le enseñé mis manos. La verdad es que yo, había pensado racionalmente. Quería evitar problemas para mí y para los demás. Miré la ruta, lo que me faltaba. Me dolió el alma. Pero tuve que volver. Le dije a él que siguiera, que de seguro podía hacerlo. Pero no quiso, no me dejó sola. Y empezamos el regreso.

El imponente Chacraraju.

El descenso

Así como había vivido mi vida completa en la subida, bajaba con muchos años encima. Y lo mejor de que pasen los años es que uno es libre. Porque ya no tiene nada que ocultar, porque ya no tiene expectativas que cumplirse ni cumplir a los demás. Ya no tenía miedo, así que decidí caminar, adelantarme con toda fuerza, con todo ánimo. Mirando mis manos, mirando cada lugar que recorría de nuevo en la bajada. Mirándolo descender. Sintiendo que habíamos creado nuestra propia espiral de ADN, que había una vida nuestra única en común que había nacido ahí. Me sentía infinitamente unida a él y a ese entorno hermoso. A esa realidad nueva. Pensaba en que todo era mi vida: llena de motivos para abandonar la carrera, para renunciar, pero decidiendo seguir y teniendo el premio de cosas maravillosas y únicas. Bajamos y claro, seguramente me hubiese perdido sola.

Algo maravilloso de la especie de los humanos es que nuestro crecimiento personal es único cuando lo hacemos de a dos. Y que la manera de hacerlo no tiene nada que ver con lo que la masa cree. La gente lo hace todo mal. La gente se casa, la gente se da etiquetas, las personas se obligan a hacer cosas que no tienen nada que ver con su naturaleza, con cosas que no necesitan ni le ayudan. Y a mí me cayó esto del cielo. Y estoy empezando, me siento en cero. Y feliz. Llegó cuando tenía que ser, cuando lo necesitaba. Esta es la vibración en la que quiero estar.

Cuando bajé había cargado algunas piedras, en cada uno de los hitos de mi camino. Frente a la cascada Grande hice mi oración: una piedra sobre otra. Tenía mucho qué agradecer.